jueves, 28 de noviembre de 2013


Era una noche tensa, demasiada tensa, ni siquiera la luna asomaba, las estrellas que dominaban el cielo parecían que también nos desafiaban, el maldito viento era frío, tan helador como la nieve. En la formación, escasa y agotada, las miradas arrojaban espíritus de muerte, tal vez con ganas de expandirse entre las tinieblas oscuras.

Había enemigos por todos lados, desde nuestra posición escuchábamos sus risas, y a los lejos podíamos observar sus hogueras, que se contaban por decenas. Nuestra ingenuidad nos hizo entrar en el corazón de sus territorios, pobres insensatos, pobre estandarte, que no sabíamos dónde nos encontrábamos, solo nos quedaba esperar. Intuir como sus silenciosas sombras llenas de odios, se perfilarían sobre nuestra muralla de escudos.

El entrecortado sonido, desesperante, hacia la espera más dura y agónica, esos malditos bastardos no tenían prisa en acabar con nuestras vidas. La dura espera duro tres, tal vez cuatro horas. Sabíamos, todos, que nos quedaba muy poco en este mundo, alguno no lo echaría de menos, sus fogatas desaparecieron del nuestras vistas, y los ruidos de los cañones, llamando a la guerra, se oían por todo el territorio.

Nos preguntamos por qué no huimos de aquel infierno que se nos venía, no fue por heroísmo, el tiempo de los héroes se terminó, tan solo fue porque no teníamos escapatoria, no teníamos libertad en ese laberinto, ese frío y mugriento lugar, era un laberinto de muerte. Alzamos nuestras armas con nuestro último aliento, nos enfrentemos ante sus tropas sin dar un solo paso atrás.

Nuestros cuerpos estaban manchados por completo en sangre, suya y nuestra, pero nuestra visión se evadía de ello y el dolor era maniatado por nuestro espíritu. Nos movíamos lo menos posible, golpeábamos y nos protegíamos, como seres sin honor, pero eso poco nos importaba ya, tan solo esperábamos el golpe final.

Yo vi los vómitos de sangre en el suelo y a mis hermanos caer al suelo, por sus fusiles, sus miembros descuartizados sin ningún tipo de compasión. Sí, arañando con las uñas la tierra, esa tierra que fuimos a conquistar. Combatimos con mareos y nauseas, sin sentir nuestras propias almas, ya desgarradas por el frío, el hambre y las armas incasables de nuestros enemigos.

Me aferre a mi vida desesperadamente, venciendo a mi terror que me trastornaba, y clave mi propia arma sobre mi estómago, expulsando la poca sangre que me quedaba. Al caer pude ver el cielo, mi mirada se iría enseguida, descansando para siempre en el Inframundo.

Y mi ser ahí descansaría ahora de no haber sido por la ayuda de quienes nos estaban aniquilando, que una vez terminada la batalla recogían a sus muertos y nuestras armas. Mi fusil, teñido en sangre, aún descasaba sobre mis manos, y así comprobaron que mi corazón todavía latía, todavía vivía.

Me dejaron marchar después de curar gran parte de mis heridas, tan solo para narrar lo ocurrido, y así dejar constancia de la suerte que tuve en esa guerra…

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