jueves, 28 de noviembre de 2013


La artillería pesada comienza a darnos los buenos días. Ayer, pensábamos que sería la última noche de nuestras vidas. Diría que la guerra da muchas vueltas, y el frente de batalla del Este, más todavía.

Hela, más que otros tristes amaneceres. Estoy de guardia junto con otro compañero de la División, y sondeo el horizonte. Sinceramente, me siento un poco decaído, más o menos como después de ver de cerca a la muerte. Son reflexiones que me resaltan e invaden mi alma.

Vuelan por encima de nuestras cabezas los aviones, luminosos y feroces, pero para nuestra fortuna son muy poco precisos. Es un amanecer duro, estamos escondidos mi camarada y yo, al lado de la orilla del río Ishora, en un espeso bosque. No hay nadie a la vista...

Amarro mi fusil y lo inspecciono. El caño está rociado; paso por encima la mano, lo aprieto y quito la humedad  con mis dedos. Como un susurro entran en mis odios las canciones de los soldados soviéticos, marchan en fila, rodeados por un ligero viento y las oscuras sombras del bosque. El miedo planea en mis ojos. Se me hielan las manos, y todo el cuerpo; es el maldito frío de estas tierras. Pasan de largo y mi piel parece disimular el terror de mi sangre. Solo quiero salir corriendo, unido a mi compañero, de este maldito lugar y regresar junto a mi División.

Los días pasan. Ya solo hacemos alguna salida, recorridos de poco voltaje, todo lo pasado fue como un cuento infantil. El amanecer del 27 de Septiembre vinieron con todo. El fuego enemigo recupero toda su energía. Toda nuestra posición es un infierno, sufrimos demasiadas bajas. Cuando paran de hablar sus cañones de artillería, después de dos eternas horas, pasan por encima nuestro sus aviones. Nuestras caras no pueden estar más pálidas.

Miro al frente, y se me hace un nudo en la garganta cuando veo llagar de forma incesante a su infantería. Quisiera tomar una ametralladora y aniquilaros a todos, llevan sus uniformes oscuros, me atrevería a decir que para muchos ésta es su primera vez en la guerra, su bautizo y su funeral. Por cada uno de nosotros caen decenas de ellos.

En un lugar de la trinchera me tropiezo con mi antiguo camarada de división. Ambos nos acurrucamos en nuestro pequeño refugio, conteniendo nuestra respiración, y esperamos las órdenes precisas de los comandantes. 

Tengo los ojos rojizos, las manos despedazadas, los codos reventados, las rodillas me flaquean. Pero esto es la guerra, ver ocultarse la vida entre trincheras, tragar comida horrible, lanzar granadas, disparar y matar...


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