La artillería pesada comienza a darnos los buenos días. Ayer, pensábamos que sería la última noche de nuestras vidas. Diría que la guerra da muchas vueltas, y el frente de batalla del Este, más todavía.
Hela, más que otros tristes amaneceres. Estoy de guardia junto con otro
compañero de la División, y sondeo el horizonte. Sinceramente, me siento un
poco decaído, más o menos como después de ver de cerca a la muerte. Son
reflexiones que me resaltan e invaden mi alma.
Vuelan por encima de nuestras cabezas los aviones, luminosos y feroces,
pero para nuestra fortuna son muy poco precisos. Es un amanecer duro, estamos
escondidos mi camarada y yo, al lado de la orilla del río Ishora, en un espeso
bosque. No hay nadie a la vista...
Amarro mi fusil y lo inspecciono. El caño está rociado; paso por encima
la mano, lo aprieto y quito la humedad con mis dedos. Como un susurro
entran en mis odios las canciones de los soldados soviéticos, marchan en fila,
rodeados por un ligero viento y las oscuras sombras del bosque. El miedo planea
en mis ojos. Se me hielan las manos, y todo el cuerpo; es el maldito frío de
estas tierras. Pasan de largo y mi piel parece disimular el terror de mi
sangre. Solo quiero salir corriendo, unido a mi compañero, de este maldito
lugar y regresar junto a mi División.
Los días pasan. Ya solo hacemos alguna salida, recorridos de poco
voltaje, todo lo pasado fue como un cuento infantil. El amanecer del 27 de
Septiembre vinieron con todo. El fuego enemigo recupero toda su energía. Toda
nuestra posición es un infierno, sufrimos demasiadas bajas. Cuando paran de
hablar sus cañones de artillería, después de dos eternas horas, pasan por
encima nuestro sus aviones. Nuestras caras no pueden estar más pálidas.
Miro al frente, y se me hace un nudo en la garganta cuando veo llagar de
forma incesante a su infantería. Quisiera tomar una ametralladora y aniquilaros
a todos, llevan sus uniformes oscuros, me atrevería a decir que para muchos
ésta es su primera vez en la guerra, su bautizo y su funeral. Por cada uno de
nosotros caen decenas de ellos.
En un lugar de la trinchera me tropiezo con mi antiguo camarada de
división. Ambos nos acurrucamos en nuestro pequeño refugio, conteniendo nuestra
respiración, y esperamos las órdenes precisas de los comandantes.
Tengo los ojos rojizos, las manos despedazadas, los codos reventados,
las rodillas me flaquean. Pero esto es la guerra, ver ocultarse la vida entre trincheras,
tragar comida horrible, lanzar granadas, disparar y matar...
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